Todo comenzó como una rutina sencilla para relajarnos y mover el cuerpo. La pelota de ejercicio estaba en el centro de la habitación, invitando a probar posturas, estiramientos y pequeños retos que pronto se transformaron en un juego mucho más cercano y cómplice. Cada movimiento requería equilibrio, confianza y coordinación, haciendo que la conexión entre ambos se sintiera más intensa.
Entre risas suaves y miradas cargadas de intención, el se volvió más íntimo. La pelota obligaba a acercarnos, a sostenernos y a dejarnos llevar por la sensación del momento. Los roces accidentales ya no parecían tan accidentales, y la energía del juego fue despertando una atracción natural y constante.
La combinación de movimiento, cercanía y complicidad convirtió una simple actividad física en una experiencia provocadora y divertida. Sin prisas, sin guiones, solo dejando que el cuerpo y la química hablaran por sí solos. Todo ocurrió de forma consensuada, entre adultos responsables, disfrutando de